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MUJERES
AFGANAS
(EXTRAÌDO
DEL DIARIO "PAGINA 12", octubre 2001, Bs.As.
Argentina)
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Las
parturientas de Kabul
Por
Osvaldo Bayer
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Basta.
Ya se ha escrito bastante. Muchos de ellos quisieron aprovechar la
ocasión y quedaron al desnudo. La palabra terrorismo pasó a ser de
uso diario. Se habló de inmediato de guerra, también. Una guerra
entre padres putativos de hijos putativos. Los hijos casuales del
imperialismo les rompieron la seguridad y la arrogancia a los
imperialistas por excelencia. Y por el otro lado, salvo pocos, los
entenados del imperio se pusieron de rodillas para no ser confundidos,
no quedar al margen y así seguir globalizados.
Todo es muy irracional. ¿Cuántos siglos necesitó el hombre para
llegar a esto? Acompañado por sus religiones. Una que les metió el
miedo y les hizo arrodillar y adorar a madres vírgenes mientras
quemaba en hogueras a hombres y mujeres incoercibles y enviaba tropas
cruzadas a quien no creía en lo que dictaban sus evangelios. La otra,
que retiene al ser humano con aquello que ya todo está escrito y aún
hoy sigue humillando a la mujer hasta el extremo de esconderla y
reducirla a la oscuridad.
Siglos para llegar a esto: ese país del norte del dólar inmoral
plebeyo, timón del mundo globalizado, donde se entremezcla el Dios
Salve América con el hambre en sus fronteras, la humillación de las
gentes del tercer mundo, el dios bursátil del egoísmo y los misiles.
Y los cortesanos de todas latitudes con sus relaciones carnales.
Esperando la migaja: la obra en exhibición constante del teatro
occidental y cristiano. El mundo del poder y del desprecio. Es lo que
llamamos Libertad...
Y llega Bin Laden, el nuevo Vespucio de espada desenvainada. El alumno
desagradecido de Estados Unidos. Dicen que quiere liberar a su pueblo.
Con la religión y millones de dólares chorreantes de petróleo. Con
las mujeres a quienes se les prohíbe ir a hospitales y escuelas y a
mostrar, lo más hermoso, sus rostros. Y a quien transgrede la moral,
le pegan un tiro en la nuca en el estadio de fútbol de Kabul, ante un
público desbordante de crueldad, histérico: la mujer toda cubierta
que recibe el balazo de no sabe dónde. Dólares y religión. Y ahora
bombas. Esto en Arabia, en los países musulmanes, todo un continente
lleno de riquezas dominados por reyes, jeques, sacerdotes. Podrían
vivir todos en dignidad: pero no, el hambre, la destrucción. ¿Por qué
los musulmanes no se levantan por ellos mismos, por sus mujeres, por
sus hijos y acaban con sus reyezuelos del petróleo, gordos
ensabanados, siempre en negocios con Estados Unidos? Con los miles de
kamikazes que tienen ya no tendría que existir ningún rey ni jeque
explotador en esas tierras.
Es una guerra entre la derecha occidental y cristiana y la extrema
derecha musulmana. Los pueblos libres no tienen nada que hacer en
esto. El litigio entre Israel y Palestina, origen de todos los males,
debe ser resuelto definitivamente con la intervención de Naciones
Unidas. En Yugoslavia hasta hace poco se abrían las entrañas pueblos
que viven juntos desde hace miles de años. Se logra ya la solución.
¿Por qué no en Israel-Palestina? ¿Por qué no empezar por allí y
no ahora con los miles de millones que se van a gastar en cuerpos de
espías para cazar a Bin Laden? Más que atrapar a los terroristas,
Naciones Unidas tendría que obligar a Arabia Saudita y a las otras
enclaves del petróleo a financiar el fin del hambre de los niños de
Paquistán y Afganistán, el abrir escuelas donde también puedan ir
las niñas, en educar en sus derechos y no en sus deberes a las
poblaciones que leen el Corán.
Buscarse y matarse entre sí es volver a todos los pasados
ignominiosos que ha recorrido este mundo de verdugos. Ha llegado la
encrucijada donde sólo queda elevarse y comenzar uno de esos
movimientos alucinantes que hicieron mover al mundo hacia el
racionalismo, la ciencia y la paz.
La globalización nos ha enseñado magistralmente el miedo. Miedo del
mexicano a que lo echen de Texas y al argelino, de Francia, y al
marroquíde España, y al boliviano de la Argentina. Miedo de todos a
perder el empleo. Todos nos fijamos en la Bolsa a ver si corremos
peligro que se nos abra el abismo junto a nuestros pies. El terrorismo
y la Bolsa: el mundo globalizado. Todos tenemos miedo. En Hamburgo, en
las elecciones del sábado pasado, un nuevo partido de derecha obtuvo
de entrada el 20 por ciento de los votos prometiendo que iba a
terminar con la delincuencia en la ciudad. Claro, la culpa del sistema
la tienen los ladrones de gallinas. El demagogo, el juez Schill –que
tiene la sonrisa del comisario Ribelli– es ya el más aplaudido de
los políticos de la ciudad hanseática. Es un Hitler despeinado, fino
y simpático, salido de un salón de belleza. Hitler prometió
solucionar todo eliminando a judíos y comunistas; el juez Schill, a
los ladrones e hijos de la droga. Ultima ratio.
El miedo de los europeos ha comenzado a florecer después de las
bombas de Nueva York y Washington. Por ejemplo, en la ciudad de Berlín
viven 200.000 musulmanes. Los trajeron para que fregaran el piso y
lavaran las copas. Alemania tiene ya once millones de extranjeros, la
mayoría musulmana. Ni que hablar de Gran Bretaña y especialmente
Londres. Los europeos no tienen hijos y son los trabajadores
extranjeros los que trabajan para pagarles las jubilaciones.
La problemática que surge en el nuevo ordenamiento de las masas no se
arregla gastando millones en espías que van a cazar a Bin Laden y sus
legionarios borrachos de irracionalismos sino transformando en verdes
los desiertos, poniendo techos y creando trabajos. No se arreglan las
cosas dando lecciones: bombardeando a las parturientas de Kabul que ni
siquiera ven la luz, ni metiéndose en las cuevas buscando fanáticos
de Alá y su profeta. Sino averiguando dónde fueron y a dónde van
los miles de millones del petróleo. Que no se reconstruyan en Nueva
York los edificios gemelos para volver a ser la cueva donde se repartía
el oro, para algunos, y la miseria para el resto, sino que se funde
allí la Casa del Trabajo, para Naciones Unidas, donde se regulen las
fuentes de trabajo en todo el mundo y se elaboren los programas para
eliminar definitivamente la miseria en todas las latitudes. (Señor De
la Rúa: en vez de preocuparse si le da o no las tareas de
“inteligencia” –palabra fuera de foco– en el orden interno a
las Fuerzas Armadas, emplee ese dinero en poner techos firmes en las
villas de emergencia. Va a ver cómo, poco a poco, la violencia va a
ir disminuyendo. Los ladrones y asaltantes no son el origen de la
violencia sino su producto. Tenga cuidado, porque esa
“inteligencia” que usted les paga, luego ellos la emplean para
voltearlo. Fíjese, si no, la historia de nuestros arrabales.)
Estuve de espectador en una asamblea de jóvenes del Partido Verde, en
el estado alemán del Rhin Palatinado. Se discutió la situación y la
promesa del gobierno alemán de ayudar a Estados Unidos en su cruzada
contra el terrorismo árabe. Se resolvió que ningún soldado alemán
participe en una acción de guerra contra Oriente. Se dijeron cosas
muy bellas y esperanzadas. Parecía que estuviéramos en el Olimpo.
Hasta que una joven propuso que se iniciara una colecta mundial para
reconstruir Afganistán. Y que en la reconstrucción de Kabul se
pensara en amplias terrazas donde las parturientas pudieran despojarse
de los trapos negros con que las cubren los religiosos, y así tomar
sol en su piel, un sol que llegue a sus futuros hijos. Esos serán
“los hijos de la paz eterna”, terminó la joven, con lágrimas en
los ojos.
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